¿Por qué es desagradable el ruido del roce de unas uñas sobre una pizarra?

¡Para, para, para!

¡Qué grima! ¡Qué dentera!

¡Qué desagradable el sonido de una uña al arañar la superficie de una pizarra!

Pero, ¿por qué se nos ponen los pelos de punta? ¿por qué nos resulta tan repelente? ¿por qué nos produce esa desazón en la boca del estómago?

Como reacción instintiva hay que buscar el motivo en los inicios de la Humanidad, cuando no existía el lenguaje como hoy en día conocemos y cuando la vida de nuestros ancestros dependía de mantenerse alejado de los animales peligrosos.

En el reino animal los sonidos de alta frecuencia son señales de advertencia. Muchas clases de monos advierten a sus congéneres del peligro con gritos estridentes.

El primitivo Homo sapiens tenía muy en cuenta estas advertencias por la cuenta que le traía, y reaccionaba con presteza y alarma ante el posible peligro.

Por otro lado, el oído humano solamente percibe unas determinadas frecuencias, y aquellos sonidos de alta frecuencia cercanos al umbral resultan desagradable, e incluso dolorosos.

Así pues, el cerebro no solamente percibe el estímulo auditivo, sino la sensación de desagrado y de dolor como una reminiscencia atávica.

 

 

Nota sabionda: Un oído sano y joven es sensible a las frecuencias comprendidas entre los 20 Hz y los 20 kHz. No obstante, este margen varía según cada persona y se reduce con la edad.

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