Es la moneda única europea. Pero se imprimen y emiten billetes en diversos países que han adoptado el euro como moneda, no en uno solo.
¿Así que el billete que tengo en mi cartera (si es que me queda alguno) puede haber sido emitido en otro país? Pues claro, ¿por qué no?
Distinguir que una moneda ha sido acuñada en otro país es fácil: basta con observar el motivo de su anverso. Pero también es muy fácil distinguir un billete de otro si se sabe cómo.
Para saber en qué país se ha emitido un billete es suficiente con fijarse en la letra del número de serie. Cada país tiene su propia letra. Así que bastará un vistazo a la siguiente tabla para saber el país de origen de un billete.

Parece que esas letras hayan sido adjudicadas aleatoriamente, pero no ha sido así. Primero se han ordenado los países en orden alfabético según el nombre del país en su idioma oficial. Y después se han emparejado en orden inverso con el alfabeto.
Eso sí, se han mantenido algunas peculiaridades:
Los códigos: W (Dinamarca), K (Suecia) y J (Reino Unido) están reservados para miembros de la UE que no están en la eurozona, mientras que R (Luxemburgo), F (Malta) y G (Chipre) están reservados para países que, aún estando en la eurozona, no emiten billetes de Euro.
Las posiciones de Dinamarca y Grecia fueron cambiadas, puesto que la Y es también una letra del alfabeto griego, mientras que la W no lo es.
La Q, la O y la I, no se utilizan.
Con esta información es muy fácil saber de qué país proviene el billete de la siguiente imagen. Que aunque se trate de un simple ejemplo vamos a hacerlo con clase: con uno de 500.

Nota sabionda: Los nombres de los países en su lengua original son: België (Bélgica), Ελλάδα (Grecia), Deutschland (Alemania), Danmark (Dinamarca), España, France (Francia), Èire (Irlanda), Italia (Italia), Luxembourg (Luxemburgo), Nederland (Holanda), Österreich (Austria), Portugal (Portugal), Suomi (Finlandia), Sverige (Suecia), United Kingdom (Reino Unido), Slovenija (Eslovenia), Κύπρος (Chipre), Malta (Malta), Slovensko (Eslovaquia), Eesti (Estonia).
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Las tarjetas de visita son un vestigio de la ajetreada vida social del siglo XIX, cuando eran utilizadas para confirmar la realización de una visita social.
En el ámbito personal, se utilizan actualmente para ofrecer nuestro domicilio a los conocidos, acompañar algún regalo y… poco más.
Es en el ámbito profesional donde se utilizan más. Con ellas nos presentamos nosotros y nuestra empresa, comunicamos nuestro cargo y ofrecemos datos de contacto a nuestros clientes. Por ello, en inglés las llaman, más acertadamente, bussines card.
Pero la tarjeta blanca, de cuidada tipografía… ha quedado atrás. En la era del diseño, no se podía olvidar a las tan socorridas tarjetas. Y más teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, es la que nos abre un contacto comercial, y la primera impresión es la que cuenta.
Veamos a continuación unos excelentes ejemplos de diseño.

Tarjeta de un diseñador. También apta para aquél relacionado con el mundo del juego y las apuestas.

Tarjeta con relieve.

Tarjeta de cartón. Apta para una empresa de embalajes o paquetería.

Tarjeta de un profesor de lengua, un traductor o profesor de idiomas. Simula la entrada de un diccionario.

Tarjeta de un diseñador. Estilo clásico.

Tarjeta de un instalador de suelo de madera.

Tarjeta de un instructor de natación. Dentro de una bolsita para preservarla del agua.

Tarjeta de un periodista, como una noticia del periódico.

Tarjeta de un diseñador. Asusta un poco cogerla.

Tarjeta de un adiestrador canino. Un soporte original. Y comestible.

Tarjeta de un electricista o instalador de fibra óptica.

Tarjeta de un establecimiento de venta de alimentos. Parece que cualquier cosa sirve para estampar datos. Por lo visto no hace falta que el soporte sea plano. ¿El límite? Nuestra imaginación.
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Las tarjetas de visita son un vestigio de la ajetreada vida social del siglo XIX, cuando eran utilizadas para confirmar la realización de una visita social.
En el ámbito personal, se utilizan actualmente para ofrecer nuestro domicilio a los conocidos, acompañar algún regalo y… poco más.
Es en el ámbito profesional donde se utilizan más. Con ellas nos presentamos nosotros y nuestra empresa, comunicamos nuestro cargo y ofrecemos datos de contacto a nuestros clientes. Por ello, en inglés las llaman, más acertadamente, bussines card.
Pero la tarjeta blanca, de cuidada tipografía… ha quedado atrás. En la era del diseño, no se podía olvidar a las tan socorridas tarjetas. Y más teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, es la que nos abre un contacto comercial, y la primera impresión es la que cuenta.
Veamos a continuación unos excelentes ejemplos de diseño.

Tarjeta de un fotógrafo, con su agujerito para ver el mundo por el objetivo.

Tarjeta de una tienda de moda, un modisto o algo parecido. Con un juego de láminas transparentes que nos permiten combinar la ropa. Muy original en el soporte.

Tarjeta de un diseñador. Una hola metálica troquelada que, al ir doblando por las marcas, se convierte en un hombre sentado a su mesa frenter al ordenador. El propio diseñador, se supone. ¡Una currada!

Tarjeta de una tienda de artículos de regalo. Con su lacito. Sencillo, pero efectivo.

Tarjeta de un dentista: un diente con caries, pero al extraer la tarjeta se ven los datos del profesional, y la caries… ¡ha desaparecido!

Una tarjeta personal o profesional con la estética de google maps.

Ambos ejemplos hacen un uso muy original de sus profesiones para la confección de sus tarjetas. La de la monitora de yoga tiene dos agujeros en los que podemos introducir los dedos para simular las piernas. La del médico, seguramente traumatólogo, es una pequeña placa de rayos X con sus datos impresos. Dos tarjetas que, a buen seguro, no se olvidan fácilmente.

Tarjeta de un diseñador: sencilla y elegante. Su originalidad estriba en el material empleado. También sería apropiada para una empresa de plásticos.

Tarjeta de una tienda de artesanía. La originalidad radica en su manufactura.

Una tarjeta con los datos ocultos hasta que se revelan. La web funciona igual. Se me antoja indicada para alguna profesión como detectives o investigadores. También para alguien celoso de su intimidad.

Tarjeta de un diseñador. Otra tarjeta que rompe moldes, con un líquido atrapado en su interior.

Tarjeta de un restaurante griego. Son pedacitos de platos reciclados en tarjeta. Una bonita manera de reciclar la vajilla que rompen en sus celebracioneses. Sencillamente genial.
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¿Billete de dos dólares? ¿Pero eso existe?
Pues sí, si pretenden pagarte con un billete de dos dólares no se trata de ninguna broma. El tal billete existe. Lo que ocurre es que circula muy poco y, por ello, es muy poco o nada conocido fuera de los USA (incluso lo es poco dentro).
¿Y por qué circula poco? ¿Y cómo es?
Pues circula poco porque la producción de esta denominación es bastante escasa. Solamente un 1% de todos los billetes que se fabrican en Estados Unidos corresponden a la denominación de dos dólares, debido posiblemente a la ocurrencia de diferentes errores de impresión.
La práctica ausencia de la circulación de este billete ha originado un desconocimiento general sobre el mismo y ha devenido un billete impopular, precisamente porque mucha gente cree que han sido retirados de la circulación y ya no poseen valor alguno.
Esa rareza ha hecho también que los poseedores los atesoren y que circulen historias y mitos, carentes de fundamento, que afirman que es un “billete de la suerte”.


En cuanto a su aspecto, en el anverso aparece el retrato del 3er presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson (1801?1809), y en el reverso una reproducción de la obra La Declaración de Independencia de John Trumbull.
Nota sabionda: Pero no es ésta la única denominación, digamos, no habitual. Existen otros billetes que son auténticas rarezas y que fueron retirados de la circulación en 1969. El billete de 500 $ muestra el retrato de William McKinley, 25º presidente de los USA. El billete de 1.000 $ lleva el retrato del 24º presidente de los USA, Grover Cleveland. El billete de 5.000 $ con el retrato del cuarto presidente de los Estados Unidos de América, James Madison. El billete de 10.000 $, el mayor emitido para ser puesto en circulación entre el público, con el retrato del Secretario del Tesoro, Chase.
También está el billete de 100.000 $, que nunca fue puesto en circulación y que fue impreso como certificado de oro, como un dinero que el gobierno imprime para su uso exclusivo en determinados canales fiscales. El certificado de la imagen muestra la efigie del 28º presidente, Woodrow Wilson. Tan solo se imprimieron 42.000 de estos certificados y los únicos que se conservan no están a la venta. Los pocos certificados de 100.000 $ que se conservan están institucionalizados y pueden ser contemplados exclusivamente en museos.










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¡Qué gran invento! Poder disponer de nuestros dineritos a cualquier hora del día y en cualquier lugar, siempre que tengamos un cajero automático a mano.
John Adrian Shepherd-Barron (1925-2010) trabajó sobre el concepto de una máquina de autoservicio que dispensara papel moneda, cuando ocupaba el cargo de gerente en De La Rue Instruments en la década de los 60. Y con su invento simplificó la vida a millones de personas.
Acostumbraba a retirar fondos de su cuenta bancaria los sábados por la mañana, pero un día llegó unos minutos tarde al banco y lo encontró cerrado. Frustrado por ello pensó en un método que le permitiera acceder a su dinero cuando él quisiera y se le ocurrió relacionar su objetivo con las máquinas dispensadoras de dulces y chocolatinas.
El primer ATM (automatic teller machine o ‘cajero automático’) fabricado por su empresa, se instaló el 27 de junio de 1967 en Enfield (localidad situada al norte de Londres), en una sucursal del Barclays Bank.
No se utilizaron tarjetas plásticas en un principio, sino unos cheque especiales impregnados con un compuesto radiactivo de carbono 14, que era detectado y validado. Dadas las reticencias del público a operar con algo relacionado con la radiactividad, se sustituyeron los cheques por tarjetas plásticas y se utilizó un número para la validación.
En principio se pensó en un PIN (personal identification number o ‘número de identificación personal’) de seis dígitos, pero cambió de idea cuando su mujer le comentó que ella no era capaz de recordar más de cuatro dígitos.
Por si algún curioso se lo preguntaba, el PIN consta de cuatro cifras numéricas por conveniencia, no por limitación técnica.
Nota sabionda: Al respecto de los cheques, Shepherd-Barron aclaraba que la cantidad contaminante era tan exígua que para que hiciera algún daño al portador tendría que comerse unos 136.000 cheques.
Nota sabionda: Recibió la Orden del Imperio Británico en el año 2005 por ser el inventor del cajero automático. Aunque los estadounidenses consideran que el inventor fue Luther George Simjian, que en 1939 colocó en el City Bank of New York un expendedor de dinero en efectivo (que se retiró seis meses después por el poco interés que suscitó).
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Las tarjetas de visita son un vestigio de la ajetreada vida social del siglo XIX, cuando eran utilizadas para confirmar la realización de una visita social.
En el ámbito personal, se utilizan actualmente para ofrecer nuestro domicilio a los conocidos, acompañar algún regalo y… poco más.
Es en el ámbito profesional donde se utilizan más. Con ellas nos presentamos nosotros y nuestra empresa, comunicamos nuestro cargo y ofrecemos datos de contacto a nuestros clientes. Por ello, en inglés las llaman, más acertadamente, bussines card.
Pero la tarjeta blanca, de cuidada tipografía… ha quedado atrás. En la era del diseño, no se podía olvidar a las tan socorridas tarjetas. Y más teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, es la que nos abre un contacto comercial, y la primera impresión es la que cuenta.
Veamos a continuación unos excelentes ejemplos de diseño.

Tarjeta de un estilista, o de un peluquero. Además nos regala clips de pelo.

Tarjeta de un médico. Concretamente de un especialista del sistema respiratorio. Las tarjetas son globos, así que a soplar para poder ver sus datos. Muy original en el soporte.

Tarjeta personal, con los datos presentados como en una ficha de facebook.

Tarjeta de restaurante con unos cubiertos troquelados. ¡A comer!

Tarjeta de un arquitecto, con su regla para no medir a ojo.

A esta tarjeta le falta un pedacito. Los consumidores saben por qué.

Tarjeta de una agencia de diseño. El lápiz es uno de esos pequeñitos y viene de regalo.

Si será bueno este entrenador que hasta para saber sus datos hay que esforzarse.

Tarjeta de un consejero matrimonial. Un poquito de cinta adhesiva, un poco de buena voluntad y todo se arregla.

Otra tarjeta personal. La estética google no iba a ser menos.

Tarjeta de un dentista. También trae regalo: un poco de hilo dental.

Tarjeta de un establecimiento de venta de artículos de segunda mano. Las tarjetas son recicladas de otras personas, con los datos propios impresos al dorso. Sencillamente genial.
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Las tarjetas de visita son un vestigio de la ajetreada vida social del siglo XIX, cuando eran utilizadas para confirmar la realización de una visita social.
En el ámbito personal, se utilizan actualmente para ofrecer nuestro domicilio a los conocidos, acompañar algún regalo y… poco más.
Es en el ámbito profesional donde se utilizan más. Con ellas nos presentamos nosotros y nuestra empresa, comunicamos nuestro cargo y ofrecemos datos de contacto a nuestros clientes. Por ello, en inglés las llaman, más acertadamente, bussines card.
Pero la tarjeta blanca, de cuidada tipografía… ha quedado atrás. En la era del diseño, no se podía olvidar a las tan socorridas tarjetas. Y más teniendo en cuenta que, en muchas ocasiones, es la que nos abre un contacto comercial, y la primera impresión es la que cuenta.
Veamos a continuación unos excelentes ejemplos de diseño.

Tarjeta de un dentista, con la dentadura en relieve.

Tarjeta de modista, también adecuada para costureras y demás relacionados con el hilo y la aguja.

Tarjeta de comercial farmacéutico y resto de personal relacionado con medicamentos.

Tarjeta válida en realidad para cualquier empresa relacionada son los canes: adopción, cuidado, veterinaria, peluquería …

Tarjeta de un relojero o relojería. Se trata de un cuadrado blanco, pero al levantar la punta previamente recortada para ver los datos, se convierte en un reloj de sol.

Tarjeta apta para un grabador, aunque también para una tarjeta personal de alguien discreto.

Tarjeta de una diseñadora, pero también podría ser válida para alguien de una agencia de viajes, o la personal de alguien muy viajero.

Tarjeta de un editor.

Tarjeta de una empresa de limpieza. Muy gráfica.

Otra tarjeta de un diseñador. En esta caso nos invita a resolver un sopa de letras. ¡Ya he visto el nombre!

Tarjeta de un taller mecánico o cualquier negocio relacionado con el mundo del motor. Nos podemos entretener montando el recortable y siempre tendremos a mano los datos en los bajos del vehículo.

Tarjeta de un abogado divorcista. Sencillamente genial.
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Sabido es que los cajeros automáticos ofrecen la posibilidad de elegir el idioma en que queremos que aparezcan los diferentes menús y mensajes. Podemos escoger el castellano, el inglés o el francés, entre otros; pero entre estos otros… ¿a quién se le ocurriría pensar que pudiera optarse por el latín?
¿Existe, pues, un cajero automático que se comunique en latín con el usuario? ¿Y dónde se puede encontrar tan curioso aparato?
El Instituto para las Obras de Religión (IOR) —popularmente conocido como el banco del Papa— tiene su sede a poca distancia de la Puerta de Santa Ana de la Ciudad del Vaticano, frente a la que cada día pasan millares de turistas. En los muros del IOR hay un cajero automático que ofrece los siguientes idiomas para comunicarse con el usuario: italiano, francés, castellano, alemán, inglés y… ¡latín!
En la pantalla inicial se nos invita a introducir la tarjeta para saber que se quiere hacer, con el mensaje Inserito scidulam quaeso ut faciundam cognoscas rationem. Una vez introducida se ofrecen diferentes opciones, entre las que destacan:
- Deductio ex pecunia para sacar dinero en efectivo.
- Rationum aexequatio para conocer el saldo.
- Negotium argentarium para obtener un listado de los movimientos de la cuenta.
Al final nos recuerda que recuperemos la tarjeta con el mensaje Retrahe scidulam depositam.
El latín será una lengua muerta, pero nadie le puede negar cierta modernidad. Ya no queda limitado a las encíclicas, ahora se usa hasta en los cajeros automáticos.
Nota sabionda: Se llama lengua extinta o lengua muerta a aquella lengua que ya no es la lengua materna de nadie. A partir de ese momento ya no sigue el camino normal de evolución y desarrollo que siguen las lenguas vivas a lo largo del tiempo.
Nota sabionda: El latín es actualmente idioma oficial en la Ciudad del Vaticano, aunque en realidad se utilice el italiano. Se utiliza en la liturgia católica, para los nombres binarios de la clasificación taxonómica y para denominar figuras o instituciones del mundo del Derecho.
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Las hipotecas subprime —también llamadas hipotecas basura— se han convertido en un tema de actualidad y se les culpa del aumento del desempleo, de la desaceleración económica, de las quiebras bancarias y de la crisis. Pero… ¿qué son las tan manidas hipotecas subprime?
En la última década se vivió en los EE.UU. un ciclo económico muy favorable de gran crecimiento con grandes beneficios, por lo que los bancos estadounidenses tuvieron un excedente de efectivo. La Reserva Federal bajó la tasa de interés hasta niveles históricos favoreciendo la inversión y abaratando los créditos, lo que impulsó el sector de la construcción y el inmobiliario, pues los crecientes precios de la vivienda atraían capital y el más bajo coste de los créditos favorecía la compra de vivienda por parte de los particulates.
Las entidades financieras comenzaron a colocar su exceso de liquidez otorgando créditos hipotecarios a muy largo plazo y a muy bajo costo, pues la garantía del crédito (la propia vivienda) tenía un valor mayor cuanto más tiempo pasaba. Dentro de ese ciclo de bonanza económica y de esa espiral de aumento constante del valor de la garantía, las entidades financieras redujeron su rigor en los requisitos necesarios para la concesión de la hipoteca y empezaron a prestar dinero a clientes que no tenían la solvencia adecuada. Total, si no se pagaba la hipoteca, el embargo permitía recuperar la deuda.
Pero esta forma de actuar fue un error. Las condiciones cambiaron: la demanda de viviendas decreció y con ella los precios de las mismas. Y el sector de la construcción perdió atractivo para los inversores, por lo que el paro en el sector aumentó. También aumentó el precio del dinero en una espiral alcista, haciendo que la carga económica que suponían las hipotecas en las apretadas economías familiares aumentara sobremanera. Tanto que muchas familias no pudieron pagar sus cuotas.
De manera que ni embargando la vivienda se podía recuperar el dinero prestado, pues la vivienda ya tenía un valor menor que el del crédito. Pero no fue una hipoteca la que falló, sino muchísimas, pues muchísimas fueron la hipotecas subprime o de alto riesgo las concedidas. De manera que cada fallido suponía grandes pérdidas para la entidad. Muchas han quebrado y otras han sido adquiridas a precio de saldo por entidades más saneadas que han asumido su pérdidas. Incluso la Reserva Federal —en una decisión histórica y sin precedentes— acude al rescate de su sistema financiero con una cantitad estimada en cientos de miles de millones de dólares, con los que adquirir la “deuda mala” y atajar el problema de raiz.
Problema, por otro lado, creado agravado por un total liberalismo económico y la inexistencia de mecanismos de control de ningún tipo que frenaran la burbuja inmobiliaria.
Capitales de todo el mundo fueron atraídos con la promesa de grandes beneficios, y así fue hasta que el problema estalló. A partir de ese momento sus posiciones en bolsa y otras inversiones se vieron comprometidas y su valor disminuyó produciendo grandes pérdidas. Los bancos centrales europeos aumentaron también sus tipos de interés, encareciendo los créditos y afectando a la inversión. La crisis inmobiliaria alcanzó así a otros mercados europeos. Las entidades crediticias aumentaron sus recelos y restringieron sus hipotecas. La venta de viviendas continuó cayendo y el desempleo aumentando.
Y así estamos…
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En ningún lugar se dice que sean patatas fritas… aunque se supone. Claro que también hay quien sospechó de esa forma, textura y color tan uniforme y puso en duda su composición.
Pues ahora ya no hay duda. Un magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Inglaterra y Gales dictó sentencia determinando que los aperitivos de la marca Pringles no pueden ser considerados patatas fritas, atendiendo a que tan solo un 42% de su composición es patata.
De hecho, las Pringles se elaboran a partir de una masa compuesta de patatas deshidratadas, harinas de maíz y de arroz, almidón de trigo y agua a la que se añade, entro otros aditivos, sal, grasas y emulsionantes.
¿Y quién denunció el hecho? ¿Un consumidor enfadado? ¿Un purista de la patata?
Pues no, fueron los responsables de la empresa fabricante, Procter & Gamble, quienes decidieron emprender una batalla legal encaminada a liberar a au producto de una elevada carga fiscal. Y es que —según el sistema impositivo británico— a las patatas fritas de bolsa se les aplica un IVA del 17,5%, mientras que a otros snacks, como galletitas saladas y similares, se les aplica un tipo reducido del 5%.
Con esta jugada judicial la empresa se verá eximida de pagar millones de libras esterlinas en concepto de IVA.
Nota sabionda: La receta original se atribuye al inventor Alexander Liepa. La máquina en las que se cocina el aperitivo fue diseñada por Gene Wolfe, ingeniero y escritor de ciencia ficción.
Nota sabionda: El famoso envase cilíndrico de cartón y forrado de aluminio fue diseñado por el químico Fredric J. Baur, que tan orgulloso estaba de su invento que antes de morir pidió que sus cenizas fueran enterradas dentro de un envase de Pringles.
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