Y más concretamente… ¿por qué en 24 horas? ¿Y por qué las horas en 60 minutos y los minutos en 60 segundos?
La Tierra tarda un cierto periodo de tiempo en completar un giro sobre su propio eje. Este periodo de tiempo recibe el nombre de día y está dividido en dos periodos de doce horas cada uno.
Esta división del día en 24 horas la adoptaron los romanos de los antiguos egipcios, que tenían un calendario basado en treinta y seis estrellas que aparecían alternativamente justo a la puesta del Sol, a medida que transcurría el año. En el intervalo de una noche aparecían sucesivamente doce de estas estrellas, lo que hizo que se dividiera el periodo de oscuridad en doce partes. Por similitud también fraccionaron en doce partes el tiempo de luz solar.
La mitología explicó el fenómeno con las Horas, “las doce hermanas” —que en un principio fueron tres: Talo, Carpo y Auxo—, que eran divinidades griegas hijas de Zeus y Temis, que servían a los dioses principales y guardaban las puertas del Olimpo. Regían el orden de la naturaleza y determinaban la fertilidad de la tierra.
El mundo clásico también adoptó —merced a la ocupación persa del territorio que anteriormente había pertenecido a Alejandro Magno— los estudios astronómicos del pueblo babilónico. Éstos utilizaban el sistema sexagesimal para sus complicados cálculos astronómicos y por ellos tenemos horas de sesenta minutos y minutos de sesenta segundos.
Cada una de las horas se divide a su vez en minutos (de minutus, ‘pequeño’ en latín) y éstos lo hacen a su vez en segundos (de secundus, ‘que sigue a lo primero’, en latín).
Cada una de estas horas ha contado con un significado especial que veremos a continuación:
Colaboración de Manuel Jovani
Desde el principio de la Iglesia, los apóstoles quisieron, siguiendo la costumbre de los judíos, santificar las divisiones o horas del día con la oración en común. Dicen los Hechos de los Apóstoles (III 1) que San Pedro y San Juan subían cierto día al templo de Jerusalén a la hora nona de la oración.
San Benito en su Regla (cap 67) las llama ya horas canónicas, y así serán denominadas universalmente desde el siglo VI gracias a la expansión de los escritos de Isidoro de Sevilla (De Eccles Officiis, libro I cap 19), pues son impuestas por la ley o cánones de la Iglesia y ordenadas según sus normas o cánones.
Dado que el fin del hombre es glorificar a Dios, servirlo y, gracias a ello, salvar el alma, la Iglesia quiso que sus fieles, y en representación de ellos los clérigos, tributasen a Dios una alabanza permanente. De aquí la laus perennis establecida en el interior de algunos monasterios medievales. Pero, ya que esto sólo les es posible a unos pocos y en pocos lugares, se adoptó un criterio discreto y se pensó en el programa de vida previsto por el salmista, que dijo: “Siete veces al día te alabé” (salmo 118) y también: “A medianoche me levantaba para alabarte” (salmo 118). De aquí las siete horas canónicas de los oficios diurnos y de aquí también los oficios nocturnos, repartidos según las tres antiguas vigilias en las que los soldados centinelas dividían la noche.
Los oficios u horas canónicas diurnas son siete:
Laudes (aurora)
Prima (a las 7 de la mañana)
Tercia (a las 9)
Sexta (a mediodía)
Nona (a las 3 de la tarde)
Vísperas (a la caída del Sol)
Completas (ya entrada la noche)
Los oficios u horas canónicas nocturnas son sólo los Maitines, divididos en dos o tres nocturnos según las fiestas y los Breviarios. Estas horas de oración litúrgica ya era observadas más o menos por los judíos.
Nota sabionda: Hay que notar —en referencia a la hora nona— que afternoon (‘la tarde’ en inglés) significa ‘después de la hora nona’ i que en catalán fer nones (‘hacer la hora nona’ en catalán) significa ‘irse a dormir’; frase que se suele utilizar sólo en lenguaje infantil o referido a los niños (que son los que duermen por la tarde).
Nota sabionda: El término de laudes ha dado lugar al verbo laudar (alabar). El término siesta proviene de “la hora sexta”, que es cuando se toma el tiempo para dormir, después de comer. Los maitines han dado lugar a términos tales como matines (‘campana’ en francés), madrugada, mañana o matinal.
Nota sabionda: Actualmente se denomina víspera al día anterior o, más restringidamente, a la noche anterior a un evento. Así se dice “víspera de Reyes” o “víspera de Navidad” por ejemplo. En catalán se denomina vespre al tiempo correspondiente a la puesta del Sol.
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Criptografía (del griego kryptos, ‘escondido’, y graphein, ‘escribir’) es como llamamos al arte de escribir con clave secreta o de un modo enigmático.
Estos mensajes enmascarados con signos convencionales que sólo cobran sentido a la luz de una clave secreta, nacieron con la escritura. Su rastro se encuentra ya en las tablas cuneiformes, y los papiros demuestran que los primeros egipcios, hebreos, babilonios y asirios conocieron y aplicaron sus inescrutables técnicas, que alcanzan hoy su máxima expresión gracias al desarrollo de los sistemas informáticos y de las redes mundiales de comunicación.
Entre el Antiguo Egipto e Internet, los criptogramas han protagonizado buena parte de los grandes episodios históricos y un sinfín de anécdotas. Existen mensajes cifrados entre los 64 artículos del Kamasutra, el manual erótico hindú del Vatsyayana, abundan en los textos diplomáticos, pueblan las órdenes militares en tiempos de guerra y, por supuesto, son la esencia de la actividad de los espías.
¿Y qué métodos existen?
Hay multitud de sistemas. Un método clásico que destaca por su sencillez en la aplicación y un buen nivel de encriptación, es el ideado en 1466 por León Battista Alberti, que concibió el sistema polialfabético que emplea varios abecedarios, saltando de uno a otro cada tres o cuatro palabras.
El emisor y el destinatario han de ponerse de acuerdo para fijar la posición relativa de varios círculos concéntricos y el número de palabras que han de mediar para cada cambio.
Para comprender rápidamente el sistema, imagina un dispositivo de varios círculos concéntricos que se pueden girar sobre el centro común. Cada uno de ellos lleva escrito el abecedario con las letras desordenadas en la parte exterior del círculo, y al hacer girar los círculos se varía la correspondencia entre la letra del círculo exterior respecto a la del interior.
Veamos ahora una de las clasificaciones de métodos de encriptación que se pueden hacer.
- cifrado de código: En el que una sola palabra puede reemplazar a una frase completa. Este método requiere de un voluminoso diccionario para interpretar el mensaje.
- cifrado de claves: En el que cada una de las letras es sustituida por otra o por signo o número de acuerdo a una determinada secuencia conocida por el receptor. Hay varias claves, algunas de las cuales son:
- -clave de ocultación: Las letras del mensaje se ocultan o se disfrazan. (por ejemplo, algunas vocales se eliminan y algunas consonantes se intercambian con otras).
- -clave de transposición: Las letras del mensaje se reordenan según una pauta convenida. (por ejemplo, SOMADEUQ LE SENREIV, por “quedamos el viernes”).
- -clave de substitución: Las letras del mensaje se reemplazan por símbolos. (por ejemplo @+%&, por “stop”, donde @=S, +=T, %=O, &=P).
- -clave de parrilla: El mensaje se dispersa en un párrafo escrito, como una sopa de letras, y solamente se hace visible cuando se coloca sobre el una parrilla perforada que permite ver sólo algunas letras.
Por supuesto que se trata de una introducción muy simplista y el tema se puede complicar mucho y tan solo citaré algunas claves clásicas:
- Cuadro de Virgenère: Rectángulo de 729 letras encuadradas superior y lateralmente por dos alfabetos. El cifrado se iniciaba buscando la intersección de la pirmera letra del mensaje con la primera letra de una determinada palabra clave, repitiendo el proceso para cada letra, la segunda con la segunda, la tercera con la tercera… y cuando se acababan las letras de la palabra clave se retornaba a la primera.
- Clave de Gronsfeld: Igual que el anterior, pero sustituyendo un alfabeto por las cifras del 0 al 9. En este caso se sustituye la palabra clave por un número clave.
- Clave Playfair: Es un método sencillo pero eficaz, que consiste en formar un cuadro de cinco letras de lado con 25 letras del alfabeto (sin la K ni la w, por ejemplo). Se escoge una palabra clave que no tenga letras repetidas y se completa el cuadro con la restantes letras en orden alfabético. Supongamos que la palabra clave sea masculino; el cuadro quedaría así:
M A S C U
L I N O B
D E F G H
J Ñ P Q R
T V X Y Z
Para cifrar el texto hay que dividirlo en grupos de dos letras y seguir la siguiente regla:
si ambas letras están en la misma fila, se sustituyen por las que están a la derecha. Si está al final de la línea se sustituye por la primera.
si ambas letras están en la misma columna se sustituyen por las inferiores. Si está al final de la columna se sustituye por la primera.
en otro caso se sustituyen por las letras de los angulos opuestos al rectángulo que forman, línea a línea.
Veamos un ejemplo:
MÁGICO
MA en la misma fila se sustituye por AS, GI que no comparte fila ni columna se sustituye por EO (el rectángulo formado es IOEG, por línea a la G le corresponde la E) y CO es sustituida por OG; así, la palabra cifrada sería ASEOOG.
Para descifrar se sustituye a la izquerda y hacia arriba, invirtiendo el proceso.
¿Alguien se atreve a descifrar el siguiente mensaje con la misma palabra clave?
FAVD ADFNMÑF II GM FNEOANI EF EFCUNEÑUP, UMIMHNC.
¿Y la siguiente con la palabra clave hipotecas?
CBPB PBREHCÑ MCBZDPB UHV JSATF.
Mención aparte -por su antigüedad- merece el cifrado César.
El cifrado César consiste en cambiar cada letra del texto por la que esté n lugares más adelante en el abecedario, siendo n un valor que sólo conocen el emisor y el receptor del mensaje. Por ejemplo, el caso sencillo de n=1 comportaría cambiar cada letra por la siguiente del abecedario (la A por la B, la B por la C, la C por la D… la Z por la A). Si n=6, la A se cambiaría por la G, la B por la H, etc…
Este método (con n=3) fue el utilizado por Julio César en sus mensajes, de ahí que se conozca como cifrado César.
Si hacemos n=13, nos encontramos en un caso particular, el cifrado ROT-13. Teniendo en cuenta que el alfabeto inglés tiene 26 letras (al igual que el castellano si obviamos la ñ), se trata de la mitad, lo que supone un camino de ida y de vuelta, un cifrado simétrico. O lo que es lo mismo, que se aplica el mismo algoritmo para cifrar y descifrar.

Por supuesto, ambos métodos están totalmente superados hoy en día, por lo que resultan poco seguros y fácilmente descifrables. No proporcionan seguridad criptográfica real y, de hecho, a menudo se usan como ejemplo canónico de cifrado débil. Lo que algunos criptógrafos llaman “cifrado para la hermana pequeña”, aludiendo al hecho de que solamente a una niña pequeña se le escaparía el método utilizado.
Ocurre que, principios de la década de 1980, se utilizó y popularizó el ROT-13 en los foros de Usenet, para escribir algo que solamente se leyera si se quisiese: chistes que algunos lectores podrían encontrar ofensivos, soluciones de problemas o adivinanzas, o simplemente para evitar que el final de una historia se leyese demasiado pronto.
A continuación un par de textos cifrados:
Jxyj jx zs yjcyt hnkwfit hts jq rjytit Hjxfw ufwf zs afqtw ij s nlzfq f hnsht.
L rfgr pvsenqb pba ry zrgbqb EBG-13, dhr ab in n fre zrabf dhr ry bgeb.
¿Alguien se atreve a descifrar los mensajes? ¿Alguna hermana pequeña?
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Podría pensarse que el maquillaje, sombra de ojos, tinte para el cabello y demás aditamentos para la belleza son algo relativamente moderno. Nada más alejado de la realidad. Ya en la edad Antigua se utilizaban diferentes técnicas para mejorar el aspecto.
Veamos cómo se arreglaban y maquillaban las matronas romanas, como un ejemplo de lo que sucedía en aquellos días.
Como productos cosméticos utilizaban tierras coloreadas para el maquillaje y las mascarillas de belleza, un polvo negro —similar al kohl egipcio— como pintura de ojos para realzar la mirada y tintes para el cabello, como la henna importada de Egipto o un tinte rojo a base de grasa de cabra y de ceniza de haya que se producía en Germania, conocido como sapo.
También se usaban aceites y ungüentos en el cuerpo y se perfumaban profusamente los vestidos desde las primeras importaciones de sustancias perfumadas de Oriente.
Dada la extensión en el tiempo del Imperio romano, diferentes fueron las modas y costumbres en el peinado. Inicialmente los cabellos femeninos se arreglaban con gran sencillez y con un uso limitado de perfumes. Tal es el caso del peinado a lo Octavia que constaba en un copete sobre la frente y una trenza recogida en un moño en la nuca.
En la época flavia se puso de moda añadir postizos al propio cabello, en forma de bucles dispuestos en corona sobre la frente. Y múltiples era los peinados con diferentes combinaciones de rizos y bucles.
En cuanto a los hombres, que durante siglos habían llevado cabellos largos y barbas descuidadas, adoptaron a partir del siglo III a.C. la moda griega de los cabellos cortos y los rostros afeitados.
Al final de la época republicana, el peinado masculino se volvió más laborioso. Los cabellos cortos se empezaron a peinarse con el calmistro, un hierro que se calentaba en las brasas que servía para rizar y hacer bucles.
En el siglo II d.C. se produjo un cambio de tendencia cuando el emperador Adriano adoptó de nuevo la barba. También se popularizó teñirse el cabello de rubio, hasta llegar a los excesos de Cómodo, que se espolvoreaba el cabello con oro molido.
Nota sabionda: De manera diferente a cómo se hace hoy en día, la extracción de las esencias olorosas se conseguía mediante la maceración en sustancias grasas, a las que se añadían los aditivos necesarios para retrasar el proceso de evaporación.
Nota sabionda: Desde comienzos de la época imperial se extendió la costumbre de teñirse el pelo para ocultar las canas (vigente aún hoy en día).
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Los movimientos de nuestro planeta alrededor del Sol. Los solsticios y los equinoccios. Y su influencia en la Humanidad: dioses, mitos y tradiciones. Desde los ciclos agrícolas a las fiestas paganas, desde las similitudes de las deidades solares a las celebraciones romanas. ¡Ah! Y la Navidad.
Éste es el contenido de una colaboración remitida por un lector de SaberCurioso.
Colaboración de Ardoc
Durante el solsticio de invierno (22 de diciembre) el Sol alcanza su cénit en el punto más bajo y desde ese momento el día comienza a alargarse, progresivamente, en detrimento de sus noches, hasta llegar al solsticio de verano, en que invierte su curso. El término solsticio significa ‘sol inmóvil’, ya que en esos momentos el Sol cambia muy poco su declinación de un día a otro y parece permanecer en un lugar fijo del ecuador celeste.
El solsticio hiemal es el acontecimiento que vivifica la Naturaleza con su luz y su calor, razón por la cual, para todas las culturas antiguas, representaba el auténtico nacimiento del Sol y, con él, toda la Naturaleza comenzaba a despertar lentamente de su letargo invernal y los humanos veían renovadas sus esperanzas de supervivencia, gracias a la fertilidad de la tierra. En el solsticio de invierno, todos los pueblos antiguos celebraban el nacimiento del astro rey mediante grandes festejos, caracterizados por la alegría general y acompañados de ceremonias colectivas, centradas en cantos y danzas rituales y en la recogida de ciertas plantas mágicas, como el muérdago. Las grandes hogueras tenían la función de provocar el calor y la fuerza de los rayos de un sol recién nacido, que encaraba su curso hacia la primavera, inundando la tierra con su poder regenerador. Otro tanto sucedía durante el solsticio de verano, época adecuada para mostrarle, al divino sol, el agradecimiento de quienes habían sobrevivido un año más, gracias a su generosa intervención en el ciclo agrícola y ganadero. Con el desarrollo de las culturas urbanas, los rituales solsticiales agrarios no desaparecieron, sino que se adaptaron a las nuevas circunstancias y necesidades. Por eso, las fiestas paganas más importantes rebasaron el ámbito campesino y se convirtieron en ciudadanas, de forma que la fecundidad que en origen solicitaban para el campo y el ganado, pasó a comprenderse como prosperidad y riqueza para la ciudad.
Desde hace miles de años y para las culturas y sociedad más diversas, el solsticio de invierno ha representado el advenimiento del acontecimiento cósmico por excelencia. No es ninguna casualidad, por tanto, que el natalicio de los principales dioses, relacionados con el Sol (como Osiris, Horus, Apolo, Mitra, Dioniso/Baco, etc.) fuese situado durante este período temporal.
En la antigua Grecia, el culto popular de Dioniso estaba repartido en cuatro grandes festividades: las dos primeras (las Dionisíacas de los campos y las Leneas) se celebraban alrededor del solsticio invernal, con carácter propiciatorio de la fertilidad/prosperidad y en medio de festejos, caracterizados por la gran alegría general. Las dos últimas tenían lugar en la primavera y festejaban la resurrección de la Naturaleza.
En Roma, la celebración de las Saturnalias (fiestas dedicadas a Saturno, padre de los dioses olímpicos y dios protector de la Naturaleza) duraba una semana. Después de la ceremonia religiosa, había grandes festejos y banquetes, se abolían temporalmente las clases sociales y, en los ágapes, los señores servían a sus esclavos; cesaba toda actividad pública (en tribunales, escuelas, comercios, operaciones militares, etc.) y no se permitía ejercer ningún arte ni oficio, salvo el de la cocina; se imponía el hacerse regalos unos a otros, los ricos convidaban a sus mesas, bien surtidas, a los pobres que llamaban a sus puertas, se practicaban juegos de azar, etc.
En los mitos solares de todas las culturas antiguas, ocupa un lugar central la presencia de un dios joven (Jesucristo en la religión cristiana), que cada año muere y resucita, encarnando en sí los ciclos de la vida de la Naturaleza.
Durante el solsticio de invierno, la imagen del dios egipcio Horus era sacada del santuario para ser expuesta a la adoración pública de las masas. Se le representaba como un niño recién nacido, recostado en un pesebre, con cabello dorado, con un dedo en la boca y el disco solar sobre su cabeza.
Mitra, uno de los principales dioses de la religión hindú, objeto de un culto aparecido unos mil años antes de Cristo, cargaba con los pecados y expiaba las iniquidades de la humanidad, era el principio mediador colocado entre el bien (el dios Ormuzd) y el mal (el dios Ahrimán), el dispensador de luz y bienes, mantenedor de la armonía en el mundo y guardián y protector de todas las criaturas, y era una especie de mesías que, según sus seguidores, debía volver al mundo como juez de los hombres. Era un dios que había nacido de madre virgen, en el solsticio de invierno, en una gruta o cueva, fue adorado por pastores y magos, obró milagros, fue perseguido, acabó siendo muerto y resucitó al tercer día.
Baco, otro dios solar romano, también estuvo destinado a cargar con las culpas de la humanidad, también fue asesinado y despedazado (como Osiris) y su madre también lo buscó (como Isis) y recogió todos sus pedazos y lo resucitó. Según la tradición, Baco moría despedazado en el equinoccio de primavera y resucitaba a los tres días.
En el siglo II de nuestra era, los cristianos sólo conmemoraban la Pascua de Resurrección, ya que consideraban irrelevante el momento del nacimiento de Jesús y, además, desconocían absolutamente cuando pudo haber acontecido. Durante el siglo anterior, al comenzar a aflorar el deseo de celebrar el natalicio de Jesús de una forma clara y diferenciada, algunos teólogos, basándose en los textos de los Evangelios, propusieron datarlo en fechas tan distintas como el 6 y el 10 de enero, el 25 de marzo, el 15 y 20 de abril, etc. Pero el papa Fabián (236-250) decidió cortar por lo sano tanta especulación y calificó de sacrílegos a quienes intentaron determinar la fecha del nacimiento del nazareno. A pesar de la disparidad de fechas apuntadas, todos coincidieron en pensar que el solsticio de invierno era la fecha menos probable, si se atendía a lo dicho por Lucas en su Evangelio: “Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso y, de noche, se turnaban velando sobre el rebaño. Se les presentó un ángel del Señor y la gloria del Señor los envolvía con su luz…” (Lucas, 2, 8-14). Si los pastores dormían al raso, cuidando de sus rebaños, para que el relato de Lucas fuese cierto y/o coherente, debía de referirse a una noche de primavera, ya que a finales de diciembre, en la zona de Belén, el excesivo frío y las lluvias invernales impiden cualquier posibilidad de pernoctar al raso con el ganado. Forzando la escena relatada por Lucas hasta el límite, otras Iglesias cristianas -ajenas a la católica como la armenia- fijaron la conmemoración de la Natividad en el día 6 de Enero, ya que, según su deducción, el relato de Lucas sí puede ser creíble, si se sitúa el nacimiento de Jesús un poco más tarde, en enero y en el Oriente Medio. Un tiempo y un lugar donde es muy probable la existencia de cielos nocturnos claros y sin borrascas, aunque todavía con mucho frío. Con el mismo argumento, otras Iglesias orientales, como la egipcia, griega y etíope, propusieron fijar el Natalicio el día 8 de Enero.
Entrado ya el siglo VI, cuando ya se había concluido el proceso de trasvase de mitos desde los dioses solares jóvenes precristianos hacia la figura de Jesucristo, se decidió fijar una fecha concreta. Dado que a Jesús se le había adjudicado toda la carga legendaria que caracterizaba a su máximo competidor de esos días, el dios Mitra, lo lógico fue hacerle nacer el mismo día en el que se celebraba el advenimiento de ese joven dios. De esta forma, entre los años 354 y 360, durante el pontificado de Liberio (352-366), se tomó por fecha inmutable la de la noche del 24 al 25 de Diciembre, fecha en la que los romanos celebraban el Natalus Solis Invicti, el “nacimiento del Sol Invencible”, un culto muy popular y extendido al que los cristianos no habían podido vencer y, claro está, la misma fecha en la que todos los pueblos contemporáneos festejaban la llegada del solsticio de invierno. La fecha del 25 de diciembre fue fijada por el orbe católico como algo inamovible, aunque no fue aceptada por la Iglesia oriental que, aún hoy día, sigue celebrando el Natalicio de Jesús el 6 de Enero.
Con la instauración de la Navidad, también se recuperó en Occidente la celebración de los cumpleaños, aunque las parroquias europeas no comenzaron a registrar las fechas de nacimiento de sus feligreses hasta el siglo XII.
Fuentes:
Cuadernos, Historia 16. Distintos números, autores varios.
El poder de Roma. Editorial Sarpe. Colección Los grandes imperios y civilizaciones.
Un busto de mármol de Julio César hallado en el lecho del Ródano en Arles (Francia) a finales del año pasado ha sido datado como el retrato más antiguo del conquistador de las Galias.
Con el cabello escaso y atraído hacia la frente, el ceño fruncido, la frente alta y ancha y la cara redonda, la escultura se asemeja bastante a la descripción que de él dio el historiador romano Suetonio: “cara redonda y ojos negros y vivos… …se atraía sobre la frente el escaso cabello para disimular una calvicie que le incomodaba… … de cuantos honores le fueron concedidos por el pueblo y el Senado, ninguno le fue tan grato como el de llevar constantemente una corona de laurel”.
Datado hacia el 46 a. C., se trata del retrato conocido más antiguo del conquistador de las Galias y posiblemente la única estatua de las conocidas actualmente que fue esculpida en vida de su modelo, si no tenemos en cuenta la máscara mortuoria de Turín, tomada justo antes o justo después de su muerte.
Esta apariencia más coincidente con los textos históricos choca con la convencional imagen atribuida a Julio César, de rasgos angulosos y regio porte que se puede observar en las esculturas póstumas y en las monedas imperiales, que si bien fueron contemporáneas mostraban una imagen idealizada, la de un César divinizado, la de un César pasado bajo el tamiz del Photoshop de la época.
Nota sabionda: César fundó la colonia romana de Arles para agradecer a esta ciudad celta-lígure su ayuda en la conquista de Marsella, permitiéndole construir doce barcos de guerra en sus astilleros.
Nota sabionda: Se cree que le busto fue arrojado al río tras su asesinato, pues en aquél momento no era cómodo ser considerado uno de sus partidarios.
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El calendario juliano, que fue llamado así porque fue instaurado por Julio César, estuvo vigente en Europa hasta el siglo XVI. Entonces fue sustituido por el calendario gregoriano, impuesto por el papa Gregorio XIII el 24 de febrero de 1582, por medio de la bula Inter Gravissimas.
Pero ¿a qué obedecía el cambio? ¿capricho? ¿deseo de notoriedad? Ni mucho menos. Ocurre que el calendario juliano, que fue implantado el 45 a.C., acumulaba un desfase temporal que tenía su origen en un inexacto cómputo del número de días con que cuenta el año trópico. Según el calendario juliano, el año trópico estaba constituido por 365,25 días, mientras que la cifra correcta es de 365,242189, o lo que es lo mismo, 365 días, 5 horas, 48 minutos y 45,16 segundos. Esos más de 11 minutos contados adicionalmente cada año, habían supuesto en los 1257 años que mediaban entre el 325 (año del concilio de Nicea) y 1582 (año del concilio de Trento) un error acumulado de aproximadamente 10 días.
El papa, preocupado porque las fiestas religiosas se fueran desplazando a lo largo del año debido a esta diferencia acumulada y para llevar a la práctica el ajuste propuesto en el concilio de Trento, impuso el actual calendario siguiendo el consejo de los sabios consultados al efecto (entre los que se encontraban el astrónomo napolitano Aloysius Lilio y el jesuita alemán Christopher Clavius) para adecuar el almanaque vigente con el año solar. De tal manera que se suprimieron diez días de un plumazo: al jueves 4 de octubre de 1582 le siguió el viernes 15 de octubre de 1582.
Este año contó, pues, con tan solo 355 días, y es conocido como año corrector.
El calendario se adoptó inmediatamente en los países donde la Iglesia Católica tenía influencia, como es el caso de España, aunque es sus posesiones de ultramar se aplicara justo un año más tarde, según dispuso la Pragmática del 14 de mayo de 1583 de Felipe II. Sin embargo, en países que no seguían su doctrina (protestantes, ortodoxos y otros) no se implantó hasta varios años, o incluso siglos después. Tal es el caso de Hungría (1587), Suecia (1756), Japón (1873), Rusia (1918), Rumanía (1919) y Grecia (1923), por poner algunos ejemplos.
La instauración de este nuevo calendario y el desfase en la aplicación en los diferentes países ha dado lugar a varias anécdotas, entre las que destacan las siguientes:
- Se reformó la fecha el 4 de octubre, justo el día de la muerte de Sta. Teresa de Jesús, por lo que fue enterrada el día 15, es decir, al día siguiente.
- Miguel de Cervantes y William Shakespeare murieron el mismo día, el 23 de abril de 1616. Pero la coincidencia es solamente de fechas que designan días diferentes, pues cada una de ellas corresponde a un calendario diferente. En Reino Unido se adoptó el nuevo calendario en el año 1752, lo que supone una diferencia de 11 días entre ambas defunciones.
- La revolución rusa de octubre de 1917 se celebra actualmente el 7 de noviembre, ya que en Rusia se adoptó en nuevo calendario en el mes de enero de 1918.
Nota sabionda: En el concilio de Nicea —convocado por el emperador Constantino— se había fijado el momento astral en que debía celebrarse la Pascua y, en relación con ésta, las demás fiestas religiosas móviles. Lo que importaba al para Gregorio XIII era únicamente la regularidad del calendario litúrgico.
Nota sabionda: Desde el año 45 a.C. hasta el 325 habían transcurrido 370 años, en los que se había acumulado un adelanto de casi tres días en la datación. Siendo este el motivo de que las celebraciones paganas de los solsticios de verano e invierno —convenientemente cristianizadas bajo las advocaciones de San Juan Bautista (Noche de San Juan) y de la Navidad (Nochebuena) respectivamente— se celebren los días 24 de junio y diciembre, fechas que se corresponden con la realidad astral del dia 21.
Nota sabionda: El calendario gregoriano atrasa cerca de 26 segundos al año, lo que significa que requiere el ajuste de un día cada 3300 años. Intentar crear una regla para corregir este error es complejo, pues hay que tener en cuenta que la Tierra desacelera su velocidad de rotación y de traslación por el efecto marea que ejerce la Luna, como ya vimos.